Hay luces que nunca se apagan.

Vidas de referencia.

Hace días que quería hablarte de ellos, si no lo había hecho hasta ahora era porque no encontraba (ni he encontrado) palabras que estuviesen suficientemente a la altura de lo que ellos significan, de lo que ellos representan, de lo que son. Unas personas cuya huella traspasa generaciones y cuya esencia permanece en forma de gestos, recuerdos, valores y formas de proceder en nuestro día a día.

Ellos, son una clase continua de historia y nuestra mayor fuente de sabiduría. Son un grifo de buenos consejos, un lavadero de conflictos y un secadero de penas. Son la calma en los días de estrés, son el pegamento que vuelve a unir lo que la razón separa, son la sonrisa que más nos gusta ver y los ojos que más esperanza transmiten.

Han tenido que progresar y adaptarse a las circunstancias en una sociedad tan cambiante como demandante, pero han sabido siempre cuidar lo más sagrado, su mejor proyecto personal, su familia. Si de algo habla su experiencia, es que se han dejado la piel por dibujar un presente y un futuro a los suyos.

Todo por nosotros.

A nadie escuchamos con tanta admiración como a ellos, aprendiendo hasta de las comas y los paréntesis de su vida. Sabemos que nada de lo que dicen es porque sí, sino que está fundado en un largo recorrido lleno de arañazos y caricias, de experiencias de aprendizaje. No han caminado por la vida con sonambulismo, sino que han actuado con convicción y con el objetivo de dar lo mejor a los suyos.

Cada una de sus arrugas son el ejemplo gráfico del esfuerzo, cada uno de sus arañazos son la muestra de que su camino no ha sido fácil y los brillos en sus ojos al contar hazañas a sus seres queridos, son una señal de una vida vivida con intensidad.

Es una fortuna el poder acariciar sus manos rugosas que aparentemente débiles transmiten gran fortaleza. Es un deleite para los oídos el escuchar su voz, que a veces falta de aliento, sigue haciendo esfuerzos por transmitirte buenos consejos. Nos podrá haber gustado más o menos su filosofía de vida, pero todo lo han hecho por nuestro bien, contribuyendo como nadie a que la vida nos sonría.

Un gracias se queda corto.

Los abuelos son esas personas que se alegran más que nosotros de nuestros logros, que nos llevan presentes en cada uno de sus movimientos y que llenan nuestra mochila de cariño. Tanto amor, tanto ejemplo bien dado, tanto esfuerzo invertido en nosotros no se puede pagar con un gracias. Las gracias sólo son el comienzo de lo que ellos merecen de nosotros. Llevan toda su vida esforzándose porque ( y sobre todo una vez su cuerpo cese de respirar), seamos nosotros quienes sigamos la cadena de amor que ellos empezaron. De ahí, su interés e insistencia por que seamos unas buenas personas y cuidemos la familia.

Y esta es la esencia que permanece, este es el ejemplo de que su luz nunca se apaga. Porque es así, hay luces que nunca se apagan. (Nuestro corazón no funciona con vatios sino con emociones, y por eso es capaz de mantener vivo incluso lo que nunca ha existido). Sus huellas no perecen, las vidas vividas con tanta generosidad e implicación como las suyas, trascienden lo terrenal.

Sabemos que las arrugas van en aumento, el corazón pierde bombeo y los sentidos van en detrimento. Somos conscientes de que todo esto conlleva que algún día llegue el momento de separarnos de ellos -en materia, que no en esencia-.

Que sea ley de vida, no significa que no duela.

Lo sé, sé que la vida sin la muerte no tiene sentido, que muchos llevan toda su vida preparándose para este paso y que es natural que nuestros abuelos sigan su camino en otro lugar antes que los demás. Pero que algo se pueda comprender no significa que no tenga que doler.

Y duele porque hay amor. Mucho amor. La tristeza mana porque toca decir adiós a quienes han sido, son y serán, el epicentro de nuestras vidas y las semillas de nuestros valores.

Hubo muchos otros antes, pera para nosotros, ellos son los importantes.

Nuestros abuelos son los dispensadores de nuestro primer sueldo (¡cuanto cundían las propinas!), son permisores de caprichos únicos, un manual de instrucciones y los principios de muchas de nuestras sonrisas. Nos han dado todo a cambio de nada vernos felices.

Son un manantial de generosidad y los mejores maestros de nuestras vidas. El ejemplo de que menos es más y de que para vivir con plenitud solo hacen falta amor, fe y buena actitud. Son las manos que pusieron las primeras piedras de lo que hoy denominamos con orgullo: FAMILIA.

Es evidente el orgullo. Es grandiosa la admiración. No se me ocurre mejor herencia que todo el amor que ellos han depositado en nuestro corazón.

ABUELOS, GRACIAS POR TANTO.

 

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